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domingo, 10 de diciembre de 2017

Matar a dios. El último banquete de la humanidad

Albert Pintó y Caye Casas presentaron su ópera prima "Matar a Dios" en un auditorio lleno en la pasada 50 Edición del Festival de Cine Fantástico de Sitges. 
Arrancaron la presentación comentando en tono irónico y desenfadado que "su obra era ideal para recomendarla a los amigos si te había gustado y recomendarla a los enemigos si no".  Además, después de presentar la premisa de la película, ya estábamos expectantes por saber qué nos depararía esta comedia negra tan particular.  

Lo que seguro no imaginaban ellos en ese momento es que lo que le iba a deparar a su primer proyecto: nada más y nada menos que el celebrado Gran Premio del Público de la Sección Oficial. Un premio muy especial no sólo por ser concedido por los propios espectadores, sino por convertirse en el segundo Premio del Públido de Sitges otorgado a una producción española tras el que recibió hace diez años la icónica película "REC" del director Jaume Balagueró. 

Por supuesto celebramos el éxito de cine español arriesgado e independiente pero en nuestra opinión, no es ni mucho menos la mejor película de la Sección Oficial para llevarse el premio del público del festival.

Los dos directores catalanes iniciaron su andadura juntos con un corto de corte cómico y dramático titulado "Nada S.A." (2014) que consiguieron financiar por crowdfunding y que fue muy premiado en diferentes festivales. Como curiosidad, compartir con vosotros que también lo presentaron a la Sección Oficial del Festival de Terror Molins de Rei pero tuvimos que descartarlo por no ser un corto propio del género. Ahora, definen su obra como una “mezcla de humor negro, caricatura, surrealismo y mala leche”.

El reparto de esta película independiente está formado por Eduardo Antuña, Emilio Gavira, Itziar Castro, David Pareja y Boris Ruiz, que anteriormente han trabajado con directores de la talla de Alex de la Iglesia, Javier Fesser o Paco Plaza, y está influenciada por directores como Álex de la Iglesia, Jean-Pierre Jeunet ó Marc Caro con su estética visual y los tétricos personajes que suelen protagonizar sus historias. 


La familia de Carlos (Eduardo Antuña): su mujer Ana (Itziar Castro), su hermano (David Pareja) y su padre (Boris Ruíz) se reúnen para celebrar el Año Nuevo. Cada uno de los personajes usa la cena como pretexto, reencuentro o como manera de buscar la forma de saltar la misma piedra con la que han tropezado una y otra vez. En un momento de la agradable reunión familiar, aparece un grotesco personaje que interrumpe la velada diciendo ser Dios (Emilio Gariva). Hastiado de la humanidad les da un ultimátum: eliminará a todos los seres humanos excepto a dos de los presentes en el convite.

Es quizá cuando entra en escena este pintoresco personaje cuando las primeras escenas de la película quedan truncadas y deja de ser divertida para dirigirse por otros derroteros, no tan agradables de aguantar.

Todos los personajes se presentan de manera hiperbólica y caracterizados con elementos cómicos o dramáticos según se mire. Representan clichés muy marcados pero acertados en su interés por mostrar a un elenco cómico, peculiar y curioso. Pintó y Casas afirman que la película es un “análisis algo caricaturesco de la especie humana y utilizamos a cuatro desgraciados que reflejan algunas de las miseria de las personas”

Personalmente no lo veo tanto como una reflexión filosófica (de las que tanto me gustan) sino más bien como un esbozo cómico-gore de qué es lo que sigue moviendo a nuestra especie: la supervivencia y la búsqueda de la felicidad. En palabras de los personajes “son basura reunida en un festín de fin de año: el último banquete de la humanidad".

Me encanta el look que luce la cinta y la fotografía. La propia casa donde sucede la trama es un sexto protagonista. Los directores de arte (Cristina Borobia y Antoni Castells) y el director de fotografía (Miquel Prohens) nos adentran en una casa con vida propia rodeada de animales disecados, papeles pintados, simbología cristiana decadente, armas polvorientas, tortillas de patatas y un licor local llamado garnacha.

Película sin grandes pretensiones ni con un guión para recordar pero divertida. La gracia de la cinta está en que con pocos actores, los directores consiguen mantener distraído al espectador durante como mínimo los primeros tres cuartos de hora de la película. Aunque después pierde un poco de fuelle, la historia remonta con un final bien cerrado que no defrauda demasiado. 

Para los amantes del cine cómico. Mejor que muchas películas catalogadas como cómicas en el actual panorama cinéfilo nacional.

Por Sergi Sanmartí (@Horadelsdaus)

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